La Mudanza

Era un pasadizo algo angosto para la cantidad de historias que había a su alrededor.

En uno de los tantos días que supone una mudanza me percaté de una puerta maltrecha, llamó mi atención por lo vieja que estaba.

Ahí vive un trabajador de las químicas, me dijo el conserje. Es un señor muy amable, pero no se le conoce familia. Hace días lo vi salir con maletas,  quizá volvió a su país. Espero que le haya avisado al dueño.

Hacía mucho frío, sin embargo,  las ventanas del pasillo estaban abiertas, los olores se perdían con el aire que entraba, pero yo sentía uno que penetraba mi nariz, un olor desconocido para mí,  no obstante, supuse que era comida malograda dentro de uno de los pisos que algún olvidadizo inquilino había dejado fuera de la nevera.

Era viernes y mi último viaje de mudanza. Llegué al edificio, había policías en la puerta y un coche de la morgue.

¿Qué ha pasado?

-        El vecino del 504.

¿Ese era el olor?

-        ¿Usted lo había sentido? ¿Por qué no llamó a las autoridades?

Yo no sabía cómo olía un muerto en estado de descomposición.

-        Bueno, ahora ya lo sabe.


La Psiquiatra

Era un 18 de abril cualquiera,  mi cumpleaños, pero nunca nadie lo había convertido en un día especial para mi así que simplemente era miércoles.

Llevaba ya 3 años con mi psiquiatra. Ella era una persona bastante reservada,  yo no sabía prácticamente nada de su vida, solo las pocas banalidades que en ocasiones me contaba para romper el hielo que a veces generaba mi silencio.

Al ser miércoles tocaba sesión, no importaba que fuera mi cumpleaños, total, no había nada que celebrar. Habían pasado tres años y yo aún pensaba que no era algo que ameritara un festejo.

Adriana me dijo: Tercer cumpleaños que la pasas conmigo. ¿Es coincidencia que siempre elijas este día para tener sesión? Sabes que estoy disponible prácticamente todo el año.

        Sí,  es mi manera de no pensar tanto en que a nadie le importa.  ¿Pronto     darás de alta?

-        ¿Te crees suficientemente capaz de estar allá afuera sin mí?

        No, pero creo que me mantienes aquí porque te divierte. Cuéntame algo de ti, tú sabes todo sobre mi y yo no tengo idea de cómo es tu vida.

        Para mí hay solo dos opciones:

        Opción A: Estás casada, tienes hermosos hijos, perros y gatos.

       Opción B: Eres una psicópata que le encanta ver sufrir a los demás, por eso no me dejas ir, no estás casada, ni tiene hijos, ni perros, ni gatos.

-    Si no te he contado nada de mi es porque esto se trata de ti, yo no soy la que está vestida de blanco y tiene que dormir atada, así que por ahora continuemos hablando de ti.

Clavó su mirada en mi y sentí cómo se helaba mi cuerpo, mientras me decía.

-        Y no, no estoy casada, ni tengo hermosos hijos, ni perros, ni gatos.

-        ¿Continuamos?

 


El Viaje

 

-        3 gotitas de rivotril antes de subir al avión y será suficiente para que estés tranquila. Solo tres, no más porque no sabemos cómo puedas reaccionar.  

Treinta minutos antes de viajar eché 5 gotitas  en el vaso de agua. Tres son muy pocas. Confío en mi cuerpo.

EFECTOS DEL RIVOTRIL: Somnolencia, lentitud en los reflejos, hipotonía, debilidad muscular, mareo, cansancio, ataxia (descoordinación de los movimientos voluntarios).

Día del vuelo: 15 de abril

Salida del vuelo: 11:55

Llegada a destino: 05:50 +1

                    Tripulación en cabina,  listos para el despegue

-        Señorita, ya llegamos a destino. ¡Despierte!

¿Dónde estamos? ¿Qué pasó? Disculpe, me quedé dormida.

No podía más, esas dos gotitas extras acabaron con mi cabeza. Aún me faltaba tomar la conexión para llegar por fin a casa. Casi un día entero entre vuelos y buses.

Mamá, ya voy a tomar el segundo avión. Ya llego.

Tenía la vista algo borrosa, no veía bien las pantallas, felizmente pude alcanzar   a un trabajador de la compañía.

¿Señor, dónde es la puerta de embarque para Barcelona?  Estoy un poco perdida.

-        Tienes que caminar 10 minutos, más o menos, es la puerta 35 y estamos en la 3.

Tripulación en cabina, listos para el despegue

-        Oye, ya estamos por llegar. Levántate.

¡Ay, gracias!

Disculpa, olvidé tu nombre.

-        Adrián, amigo de Alejandra, Adrián López.

Ah, sí, claro. Gracias, Adrián.

¡Oye, qué coincidencia! Ahora le escribo a Ale para contarle.

-        No te preocupes, ya le   escribo yo, tú con las justas puedes mantenerte en pie. Despertabas y te volvías a dormir. Mejor tomemos juntos el bus, yo paro en la segunda estación.

-        Por cierto, qué casualidad que tu tía viva a unas cuadras de mi casa.  No sabía que ella era la dueña del edificio. El Amazonas es muy bonito, muy lujoso.

-        Cuando la visites, avísame. Ya te apunté mi número.

¿Te conté toda la vida de mi tía, no? ¡Discúlpame!

Oye, Adrián,  de verdad,  gracias por acompañarme, aún sigo medio atontada. No sé lo que hablo. Mejor le voy  a pedir al chofer que me avise cuando lleguemos, por si acaso.

-        Señorita, ya llegamos, es la última parada.

Mamá, ya bajé del bus, ya  estoy yendo a la casa.

Mamá,  conocí a un chico en el avión, felizmente me acompañó casi todo el viaje desde Barcelona y me ayudó. Es casi vecino de la tía Clara. Creo que me la pasé hablando de ella o balbuceando, mejor dicho. Cuando vayamos le avisaré para juntarnos.

-        Mejor escríbele ahora para agradecerle.

¡Qué raro, no encuentro su número! Le voy a escribir a Ale para pedírselo.

18 de abril

Noticia de última hora, asesinan a la empresaria Clara Masías,  dueña del edificio Amazonas y del bar Pelegrini. El delincuente se llevó todo el dinero en efectivo y joyas. No forzaron la puerta, al parecer, el asesino tendría la clave. La empresaria habría intentado resistirse.

Se sospecha de Carlos Monzante, alias Adrián.

 

 

 


El Hospital

 

Era el 2020 y a pesar de todos los protocolos sanitarios que trajo consigo la pandemia, las clínicas y hospitales estaban abarrotados de gente.

Cualquiera creería que ante el miedo inminente de contagiarse, las personas preferirían resguardarse en sus casas, pero la realidad es que por alguna extraña razón muchas se sentían más seguras en un centro médico.

Mi intervención estaba programada para junio 2020, en pleno apogeo del covid. No era nada riesgoso, digamos que más bien los doctores la llamaban operación de rutina.

Llegué cerca al mediodía y no había nadie en la recepción así que escribí mi nombre en  un cuaderno para esperar a ser llamada. Era uno de los tantos protocolos.

Sandra Aguilar.

35 años.

Motivo de la visita: Operación

Me fijé que había tres personas antes que yo, pero no habría problema pues venían solo a consulta. Me senté a esperar oír mi nombre. La secretaria del doctor por fin llegó, revisó la hoja y llamó al primero de la lista.

Su nombre era Juan Rivera y al parecer se había dislocado la muñeca pues tenía un yeso.

Juan parecía muy agradable, en todo momento lo escuché hablar con mucho ánimo.

Me acerqué a la secretaria para preguntarle cuánto tiempo más iba a tener que esperar, pero el llanto de un niño me distrajo y me fui velozmente de ahí. Tenía un fuerte dolor de cabeza y ese llanto lo estaba empeorando.

No entendía qué pasaba, mucha bulla a pesar de ser un hospital, gente entrando y saliendo todo el tiempo.

Me volví a sentar y junto a mi había una señora mayor quien hablaba por teléfono y le decía a su hermana, creía yo, que la biopsia salió positiva, tenía cáncer.

Quise tranquilizarla, pero la prudencia y el miedo a contagiarme de covid me frenó. Sentía que una mascarilla no era suficiente.

Seguía esperando, ya bastante inquieta,  pues se acercaba la hora de la operación y nadie me llamaba.

De repente Lorena, la secretaria,  entra a su cubículo y grita el nombre de la siguiente persona de la lista.

Carmen Paredes.

Con Carmen no pude descifrar qué tenía, pues aparentemente se le veía sana y no escuché ninguna conversación que me revelara lo contrario.  Al parecer era solo rutina.

Finalmente,  ya estaba por llegar mi nombre. ¡Qué felicidad!

Salió Carmen rápidamente así que supuse que por fin me harían entrar para prepararme para la operación. No tenía mucho sentido que me hayan hecho esperar tanto ya que las atenciones para consultas nada tienen que  ver con las intervenciones quirúrgicas, sin embargo, no ahondé en ello. Yo quería que me atiendan ya.

Me paré y vi al doctor, mi doctor. Qué alivio, pensé, siempre estuvo adentro. Claramente había estado operando, pues todavía llevaba  ropa de quirófano. Mientras caminaba hacia él vi que dos personas se acercaron primero a hablarle.

Yo las conocía, eran mis padres.

Mis padres estaban llorando.

Sentí frío en todo el cuerpo.

¿Qué pasa? ¿Qué hacen acá hoy si tenían que venir por mi mañana?

Aceleré el paso para llegar a ellos, pero creo que algo me detuvo y solo alcancé a escuchar.

-        Paciente Sandra Aguilar

-        Hora de muerte: 18:36