Tengo una nueva vecina que vive en un edificio a espaldas del mío, pero la ventana de mi sala de estar da para su departamento. En realidad no sé qué tan nueva sea, yo recién me percaté de su existencia porque hace unos días terminó una relación, la dejaron, la abandonaron, la engañaron, la trataron como chancla, como a una lumpen, se burlaron de ella y demás, pero bueno, todo eso lo asumo, me lo imagino, lo supongo, me lo invento porque no es que ella me lo haya contado, no es que nos conocimos y surgió la amistad, no no, lo que pasa es que su lista de reproducción de Spotify la expuso, la delató, una lista que por cierto, al escucharla pensé que alguien estaba manipulando mi computadora y reproduciendo mis canciones. Ella cantaba a todo pulmón, como si no hubiera un mañana, como si desfogara toda su ira y rencor al gritar esas letras, como si tuviera en frente a esa persona que la ninguneó y, por fin, se atreviera a decirle eso que llevaba reprimido durante la relación, como si finalmente rompiera las cadenas de la esclavitud.
Sí, todo eso lo deduje mientras la escuchaba cantar, y es que lo hacía con tal sentimiento que en un momento asomé mi cabeza por la ventana y le grité muy emocionada ¡yo te apoyo, hermana! y, rápidamente, me metí porque bajó el volumen como si me hubiese escuchado y no quería que pensara que tenía una vecina loca, aunque la tiene, sí, pero yo quería que ella pensara que tenía una vecina buena onda, que entendía su dolor y que no iba a llamar a serenazgo para quejarse por su brillante decisión de hacerle saber al mundo su actual estado emocional, o al menos no en ese momento, porque tras una seguidilla de días en los que reproducía las mismas canciones a todo volumen, pero no tanto como para que no nos deleitáramos con su melodiosa voz, claro, mi paciencia llegó a su límite, pare de sufrir, pensé en portuñol, más aún cuando ya las canciones no las reproducía un sábado a las 10 de la mañana, justo a la hora en que me pongo a limpiar la casa porque no hay nada mejor que hacer en esta cuarentena, sino que ya empezaba a ponerlas en las noches sin más, sin ninguna consideración así que un jueves ya bastante tarde, nuevamente, saqué la cabeza por la ventana y esta vez le grité, ¡hermana, ya pues, supera! Sí, eso le grité a una completa desconocida y también, rápidamente, metí mi cabeza porque si me respondía no iba a saber qué decirle, yo me hago la matoncita cuando estoy bien resguardada en mi casa, en la calle, nunca, no me gusta la violencia, además, claramente, yo no podría intimidar a nadie, aunque, bueno, igual asumo que no me escuchó porque la música siguió y creo que hasta con más volumen o quizás sí me escuchó y lo hizo a propósito. En fin, todo eso me hace pensar que no, aún no lo supera y que, probablemente, ahora ella sea quien quiera llamar a serenazgo a quejarse de una loca que no conoce y que le anda gritando cosas a las once de la noche un jueves, quizás así como yo me refiero a ella como la vecina loca, ella se refiera a mi como la acosadora sin vida. Tiene mucha razón.
Para no hacerla más larga, eso me hizo pensar en que así como yo asumí todo eso de ella con solo escuchar su lista de reproducción de Spotify durante una semana, mis vecinos del edificio y que casi todos son los mismos desde hace 15 años, no solo pensarán que soy la chica loca y ermitaña del segundo piso, sino además que tengo brotes psicóticos continuos desde hace mucho porque yo no solamente canto a todo pulmón esas canciones de mujer abandonada, dejada, engañada, tratada como chancla, entre otras, claro, porque también las hay de incomprendida social, de guerrera, de empoderada, de emo, etcétera, sino que no conforme con someterlos a mis alaridos, además, hablo sola, les grito que se callen cuando tienen reuniones y cuando no también y, por si fuera poco, soy la persona que quitó el timbre de su departamento para que nadie la perturbe así que, obviamente, cuando pido algo por delivery le digo a la operadora que, por favor, le pida a los repartidores o que se acerquen bastante a la puerta del edificio para que los perros del primer piso ladren y saber que han llegado o les doy el número de departamento del vecino entonces como en mi edificio absolutamente todo se escucha, yo sé que mi pedido está abajo cuando ellos empiezan a renegar por culpa de la loca con los brotes y así, rápidamente, sin más y sin pena alguna, bajo feliz y contenta como si nada pasara.